El epitafio de Kant






A veces los filósofos son valiosos porque petardean creencias comunes desde ángulos que no habíamos imaginado, porque roen presupuestos obsoletos que sin darnos cuentas hemos seguido a ciegas y otras veces los filósofos son importantes porque sistematizan y ordenan en un gran panorama las discusiones de los intelectuales. Ése fue el valor de un Aristóteles que distinguió entre ciencia, práctica y técnica, y fue el valor de Kant al diferenciar entre causas y motivos, entre el modelo de la explicación y el de la comprensión.

El anecdotario de Kant, filósofo prusiano de la Ilustración (1724-1804) no pasa de un invariable día tras día en que el filósofo despertaba a las cinco de la madrugada, dictaba sus clases de siete a diez, y de diez a una escribía. Almorzaba con vino en su casa, sobriamente amueblada, exclusivamente funcional y de escasa estética, y paseaba una hora y leía y releía el Emilio de Rousseau, y dormía las diez de la noche. Criticó la instrucción religiosa de su época por autoritaria y por dogmática, por obsesiva y por rígida. 

Kant fue bajito -midió un metro y treinta centímetros- e hipocondríaco. A sus 46 años dictó un curso de metafísica y lógica en que observaba que los conceptos sin experiencia son vacíos y las experiencias sin conceptos son ciegas, y se cuenta que sus estudiantes llegaban a las seis de la mañana pelándose a trompicones las carpetas, y así, por una década, enseñó las ideas que publicaría en la Crítica de la razón pura. Su intención no era enseñar un curso de filosofía, sino a filosofar, a considerar los problemas intelectuales desde distintos ángulos. En su época autores como David Hume y Adam Smith explicaban de manera brillante las causas morales y las causas del mercado en la sociedad, y Kant, aunque aplaudía dichas explicaciones, buscaba preservar la libertad humana, razones para la ética. Así trazó un plan, una división en que el ser humano era estudiado desde las causas que explicaban su comportamiento, siendo verificables, sometidas a las pruebas de la ciencia, y, a la vez, el ser humano podía ser descrito desde la libertad y la voluntad, desde la ética y la autonomía.

Hoy en día los comentadores de Kant no llegan a un acuerdo sobre si, para el autor de la Crítica de la razón práctica, el ser humano estaba escindido en cuerpo y alma, o si el humano es un ser que puede ser descrito desde dos ángulos diferentes. Sea cual sea la interpretación, no hay duda de que Kant influyó así sobre la filosofía posterior y trató de aclarar las diferencias entre la explicaciones fisiológicas, empíricas y sociales, y, de otro lado, las distintas comprensiones desde las teologías y la moral, disciplinas que aunque inverificables e irrefutables, para Kant poseían un aliento que la condición humana necesitaba. Su obra, sin embargo, es un parteaguas, un rompehielo en los mares fríos de la filosofía: de ella brotaron la filosofía de la ciencia, el marxismo, el pragmatismo e incluso la especulativa teología. Falleció a los 79 años y en su epitafio se lee: «Dos cosas me llenan la mente con un siempre renovado y acrecentado asombro y admiración por mucho que continuamente reflexione sobre ellas: el firmamento estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí».




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