Voltaire, el mandarín




De joven Voltaire formó una sociedad de libre pensadores epicúreos y desmitificadores; anticlerical y anticatólico buscó desarticular las visiones fanáticas y nos obsequió una hermosa frase: «El mayor provecho de los viajes es aprender a no juzgar al resto de la tierra según el propio campanario».


François-Marie Arouet encarnó al intelectual mediático, cautivador y sardónico que reivindicó el arte del agravio que mucho después Sartre interpretó tan bien, y, siguiendo a Adam Smith, dijo que el comerciante era el verdadero motor del mundo moderno y nunca la ociosa nobleza. El ser humano no era para él ni una bestia ni un ángel, y reivindicó la religión china, a Confucio, al Imperio Romano y a Juliano el Apóstata por querer restaurar el paganismo greco-romano. Sobre el cristianismo dijo: «El gran emperador Tung-Chéng, el más sabio y el más magnánimo que haya tenido China, expulsó a los jesuitas; pero esto no lo hizo por ser intolerante, sino porque los intolerantes eran los jesuitas. Los japoneses fueron los más tolerantes: doce religiones estaban establecidas en su imperio; los jesuitas vivieron a ser la decimotercera, pero pronto mostraron estos que no toleraban ninguna otra y la religión cristiana fue ahogada en ríos de sangre».


Al escribir fue consciente del estilo, buscó trasmitir placer con él y trató de no escapar del terreno de lo concreto y divulgar con habilidad sus más acres y ácidas denuncias sobre un sin números de personajes y situaciones; recomendó esparcir puñaditos de sal y de especias, mezclar lo ridículo con las razones, siempre interesar al lector ordinario y así lograr que conozca aberraciones del pasado para impedir que sea indiferente.  Su fórmula para aplastar al infame fue aparentar no tener ganas de embestirle y, ¡zas!, cornearlo y verter en sus hocicos la hiel que merecen. Mostrar también cuánto se nos ha engañado, cuán ridículo es lo que se nos ha hecho pasar por respetuoso y dejar que el lector extraiga por sí mismo sus conclusiones. Sobre los filósofos dijo: «Ningún filósofo ha influido ni siquiera en las costumbres de la calle en que vivía».


Escribió un Tratado sobre la tolerancia y tuvo claro que frente al intolerante no se puede ser tolerante: écrasez l'infâme (aplastad al infame). No encontró nada heroico en las guerras y uno de sus enemigos fue Joseph de Maistre. Un arzobispo le negó el entierro religioso y unos fanáticos vaciaron su féretro. Sus restos yacen al frente de Rousseau, ambos murieron en 1778. Por muchos años sus libros ardieron en la hoguera y fueron prohibidos. Cuenta uno de sus biógrafos, Max Gallo, que Voltaire, sentado a la mesa de Alexander Pope y otros invitados exclamó: «¡Ah, esos condenados jesuitas, cuando niño me sodomizaron!». 

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