Pederastía y voto de obediencia







“Hagan cucuruchos con la resolución vaticana y métanselos por el culo” les propone Pedro Salinas a quienes le dan una celda de oro al pedófilo Luis Fernando Figari firmando la reciente resolución de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica.

La resolución marca un antes y un después en nuestra relación con el Vaticano. El tema para muchos ha sido más o menos así. En la secundaria uno podía conversar con católicos sin compartir sus creencias. Sus dogmas metafísicos, su dios trino, su infalibilidad papal, sus rituales obsesivo-compulsivos podrían ser excentricidades siempre y cuando no repercutiesen en la vida pública. Al final de secundaria las cosas se complican cuando se entiende la complicidad de la Iglesia con los poderosos a lo largo de la historia, diciéndole a los pobres que la pobreza es el signo del amor de Dios. Así lo cree desde el cura que vocifera en cuarteles hasta el teólogo esnob que degusta profiteroles.

En la universidad, no obstante, uno descubre la «Teología de la liberación» y ve matices dentro de la Iglesia. Esa teología reconocía que el catolicismo ha sido el opio del pueblo, apoyando dictaduras, aplaudiendo la paz mientras los tripas de los explotados arden, pero la Teología de la liberación también mostraba las veces en que esa religión habría defendido a las viudas, huérfanos, extranjeros y pobres (Zacarías 7:10).

Qué lástima que Zacarías no enlistara a los niños abusados por sacerdotes. Porque cualquiera que sea el carisma, la orden y la facción católica, frente a las acusaciones, evidencias y testimonios contra Luis Fernando Figari, ex superior general del Sodalicio de Vida Cristiana, todos silban distraídos, todos guardan un silencio cómplice con los pederastas. Todos han hecho ese infame voto de obediencia a las autoridades eclesiales, un voto que moralmente los castra. Y ahora el encubrimiento de pedófilos es oficial y, mientras no se escuche ningún aullido de queja de los sectores más sensibles dentro de la Iglesia, aquella «opción preferencial por las víctimas» se descascara. 

Con Jorge Mario Bergoglio como vicario de Cristo parecía que la Iglesia católica dejaba las costras de la fe, se desprendía del ritualismo y aterrizaba la chancleta en el mundo. En el 2013 escribió contra el modelo económico en que los ricos sostienen un estilo de vida acosta de los pobres (218) y el 2015 describió al neoliberalismo como un sistema estructuralmente perverso (52). Pero el mundo siguió girando y a finales del 2016 entregó una carta apostólica Sobre el amor en la familia que tiene el nivel de documentación de los niños cantores de Viena. Y este 2017 el comunicado de la Sede de la Iglesia Católica incomprensiblemente niega la pederastia en el expediente de Luis Fernando Figai.

En el 2014 el Comité de Protección de Derechos de los Niños de la ONU, luego de investigar los abusos contra menores por parte de curas católicos, concluyó que el Vaticano ha adoptado «políticas y prácticas que llevaron a la continuación de abusos a menores y a la impunidad de los responsables».

Así las cosas, la relación con la Iglesia Católica cambia muchísimo. Ya no sólo son disquisiciones sobre el más allá, sino sobre qué hacen en el más acá; la cuestión ya no es si el celibato los acerca a la santidad, sino qué instintos los llevan a repudiar el sexo. Y más drástico aún esto nos lleva a la pregunta de Christopher Hitchens«¿La iglesia católica es una fuerza de bien para el mundo?»




Entradas populares