Pereza y cobardía



Cuando la clase media peruana acepta a políticos corruptos, autoridades prepotentes, profesores dogmáticos y vecinos tóxicos, es cómplice. Carga con gusto las cadenas de las tradiciones y aplaude en las peleas de gallos y corridas de toros mientras se expende, desde el monopolio de la gran prensa, los intereses exclusivos de la CONFIEP. 

La pereza y la cobardía –lo vio Kant- nos llevan a la deshonrosa condición de ser eternos pupilos y televidentes secuestrados. Para escapar de aquel sometimiento, el “Siglo de las Luces” indicaba que cada individuo debía comprenderse como responsable de sus incapacidades, y, para despertar conciencias, el siglo de Rousseau, Montesquieu y Voltaire provocaba con esta frase: “Atrévete a pensar”.

“Ten el valor de usar tu propia razón”, lema del poeta latino Horacio y reivindicado por Kant, en el siglo XVIII, al observar a la apatía como un rasgo horrible y consubstancial del ser humano. Es tan cómodo ser dominado, es tan delicioso estar sojuzgado, es un placer ser oprimido. Aceptamos el rol de siervos y esclavos con muchísimo gusto, incluso pagamos a tutores para que decidan por nosotros y nos ahorren pensar.

Incluso en sociedades que fomentan la libertad del individuo y la crítica de las tradiciones, como efecto secundario -paradójico síntoma- la obediencia es una virtud. Al buscar en los proyectos sólo eficacia y operatividad, incubamos la consigna de no pensar, de despilfarrar nuestra inteligencia e indignación, tal como lo vio Kant. El policía dice: “¡Nada de razones! ¡Obedezca!”; el burócrata: “¡Nada de razones! ¡Pague!”; el sacerdote: “¡Nada de razones! ¡Crea!”, y el déspota ilustrado: “¡Razonen todo lo que quieran! ¡Pero obedezcan!” La clase media peruana obedece y ha dejado de pensar. No se le impide dialogar, pero cuando deja los temas banales y comienza a razonar sobre asuntos medulares, salen a su encuentro el policía, el burócrata, el sacerdote, el déspota. 



Alfonso García Miró y  Ollanta Humala

Entradas populares